Los Murmullos de Jabonilandia: Años de Soledad y el Llano en Llamas
Pero aquí sigo yo, sentado en el pretil de esta hacienda de fórmulas que llamo Jabonilandia.
Ayer, mientras el sol caía sobre Maracay, entraron 154 ánimas por mi puerta digital. No hicieron ruido al entrar. No arrastraron los pies ni movieron las cortinas de la interfaz. Entraron como dicen que caminan los muertos por el Llano: sin cuerpo que arrastrar, pero con una sed vieja que no se les acaba con nada. Caminan por los pasillos de mis artículos, se asoman a mis técnicas de pH, revisan mis notas sobre el arroz micronizado y mis 25 años de ingeniería volcados en letras, y no dicen ni "buenos días".
Pasan por el lado de uno y ni el aire mueven. Yo me quedo viéndolos a través de las estadísticas de mi blog, viendo cómo sus sombras de Vietnam, de Irak, de Corea, de EE.UU o de aquí mismo, de Venezuela, se proyectan sobre mis textos. Yo no sé si serán fantasmas, Maestro, pero se le parecen mucho. Y si se parecen, es porque lo son; porque si no lo fueran, no tendrían ese modo de andar sin dejar huella, ese paso de nube que no toca el suelo. Entran buscando el secreto del cacao, se quedan ahí suspendidos, bebiendo de la ciencia durante 6 o 7 minutos, y luego se van. Se van igualito que llegaron: con un silencio de piedra, como si la voz se les hubiera quedado trabada en el camino a Comala o se les hubiera secado en la garganta por el calor del llano.
Esos fantasmas que entran y salen son los hijos de estos años de soledad digital. Son lectores que han olvidado el arte de la conversación, que consumen la sabiduría de jabonilandia como quien se lleva un suspiro en un velorio: con prisa y con miedo a ser vistos. Se asoman a la vitrina de mi stock de jabones, los ven en silencio, miden con el ojo la calidad de la saponificación que solo un hombre con experiencia puede garantizar, se van y cierran la puerta sin dejar ni un rastro de gratitud en la caja de comentarios.
A veces, cuando el silencio de este pueblo de ecos se me asienta en los hombros como una capa de plomo, me pregunto: ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué seguir manteniendo encendido el faro en una costa donde los barcos pasan con las luces apagadas?
Sigo aquí porque alguien tiene que cuidar el pozo en mitad de la sequía. Porque mientras el mundo se desvive grabando videos en tiktok con bailes y contenidos que se pudren a las 24 horas, yo sigo aquí, midiendo la traza con la paciencia de quien sabe que la química no entiende de modas. Sigo aquí porque este "museo silencioso", como lo llaman los que se fueron a tiktok, tiene más vida en sus silencios que todas las redes sociales juntas en sus gritos. Cada vez que uno de esos 154 visitantes se lleva anotada una fórmula, mi oficio cobra sentido, aunque no me den las gracias. Mi autoridad no depende de sus aplausos, sino de la precisión del pH de mi jabones.
Ustedes, los que caminan por estas entradas sin saludar, se parecen a los personajes de Rulfo: buscan un padre o una respuesta en un pueblo abandonado. Y la respuesta está aquí, escrita en piedra digital. No se engañen con el fuego del llano; ese fuego calcina, pero no ilumina. La luz de verdad es la que emana de la persistencia, de quedarse en el sitio cuando todos los demás han recogido sus maletas para irse a TikTok.
A ti, que me lees ahora mismo desde un Macintosh en una oficina lejana o desde un Android bajo el sol de Aragua: sé que estás ahí. Siento tu mirada sobre mis palabras. No hace falta que hables si no quieres, el silencio también es una forma de respeto ante el maestro. Pero recuerda que en este llano de ecos, mientras yo tenga aceites y sosa, el fuego de Jabonilandia no se apaga. Aquí sigo. Pesando. Midiendo. Existiendo entre los que pasan y no dicen nada, custodiando la estirpe de los que aún creemos que un jabón bien hecho es una obra de ingeniería y no un truco de un video o una cámara.
Si el blog es como un cementerio para ustedes, entonces yo soy el guardián que conoce el nombre de cada tumba y el secreto de cada fórmula. Y aquí me encontrarán, siempre, con la puerta abierta para el que tenga sed de la verdad de los jabones saponificados, no la mentira de un jabón donde solo derrites y todo esta listo como dicen en la ilusión de tiktok.
Saludos de:
El Maestro de Jabonilandia.

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